Archivos mensuales: Diciembre 2007

El sábado fui a ver Rec, sí esa que cuando se la nombras a alguien, te dice: “sí, he visto la dos y la tres”, y tienes que aclarar: “No, SHRECK no: R-E-C”

Sobre la película tengo poco bueno que decir…mejor centraré mis esfuerzos en comentar el rato que pasé junto al par de niñatas que tenía sentadas justo a mi lado.

Habiamos entrado en la sala y habíamos tomado asiento en una de las butacas del lateral, yo me acababa de descalzar (esto me produce un alivio tremendo), en aquel momento  llegaban dos adolescentes que al llegar tarde tuvieron que pasar por delante de mí que ya estaba aposentado para acceder a sus butacas numeradas, no sin antes pisotearme, primero una en un pie, y luego la otra en el mismo pie y en el otro, como si quisiera rematar la faena que su amiga había dejado inacabada. Mi reacción inmediata fue gritar: “¡joder, me van a matar!”, y ellas se giraron pidiendo perdón. Lo mejor vino después, las dos niñatas estaban literalmente acojonadas, cada vez que la película hacía amago de dar algún susto, sollozaban y respiraban fuerte y de forma continuada, y en cuanto llegaba el momento culminante, pegaban un grito seco y desgarrador, capaz de reventar el tímpano a un obrero de la construcción acostumbrado a perforar suelos y provisto de protecciones auditivas.
Al principio me hizo gracia, pero cuando el chillido desgarrador se repetía una y otra vez cada vez que la película pretendía asustar me empecé a mosquear. Lo único que lograba sobresaltarme en aquel lugar, además de ponerme de mala leche, no era la calidad de la película por la que había pagado, sino el par de elementos que tenía justo al lado. La histeria empezó a apoderarse de mí, e incluso empecé a darle vueltas a la idea conspiranoica de que todo era una estrategia de los productores para compensar la mala calidad de su película pagando a extras para dar sustos desde el patio de butacas, como si se tratara de un tunel del terror o una peli de William Castle. Era tal mi desespero que me levanté de la butaca y me dirigí sigilosamente a la vitrina contra incendios. Me enrollé el jersey en el brazo y de un golpe seco rompí el cristal justo cuando la película daba otra de sus subidas de volumen. Saqué el extintor y me dirigí de nuevo hacia mi butaca. Me senté como si no hubiera pasado nada, y aprovechando una nueva subida de volumen levanté el extintor a media altura y las golpee repetidas veces mientras duró buena parte de la “terrorífica” escena que acaecia en pantalla.

De pronto desperté, mi novia me advertía de que la película había acabado. Miré hacia al lado, y allí estaban las dos chicas, levantadas y poniéndose el abrigo.
Sus gritos habían penetrado en mi sueño y se habían convertido en protagonistas. Sobre la película, ni me preguntéis.