Si eres aficionado al cine y fuiste adolescente en la década de los 80, cuando oigas ”Don’t you Forget About Me…” seguramente te vendrá a la cabeza El Club de los cinco, el mítico título que despierta en muchos de nosotros una nostalgia especial y supera claramente a las comedias teenager actuales.
El Club de los cinco no es, al menos en cuanto a forma, tan diferente a las comedias adolescentes que tanto gustan a los yankees y que exportan como churros, pero su director John Hughes estuvo bastante más sembrado que en el resto de títulos con los que abordó la misma temática. Para empezar porque su retrato de instituto, también ligado a los tópicos (no falta la pija, el macarra, el guaperas o el empollón), pone interés en cada uno de los personajes que lo componen consiguiendo muy acertadamente que nos familiaricemos con cada uno de ellos, dejandonos bien claro su objetivo de evidenciar que pese a las diferencias entre cada uno de nosotros no dejamos de estar hechos de la misma pasta. Hughes tampoco necesita más que una simple biblioteca y un plantel mínimo de personajes para contar una historia que consigue manternos enganchados a la pantalla durante su poco más que hora y media de duración; aquí hay lugar para la risa (sin necesidad de chistes repetitivos y escatológicos) y el drama.
En lo referente a la elección de actores (uno de los grandes aciertos de la película, sin lugar a dudas) cada uno parece haber nacido para interpretar sus respectivos roles, especial mención a un sensacional Judd Nelson en el papel de macarra, así como de Paul Gleason en su ya mítico papel de profesor estricto.
En definitiva, si has nacido o no en los 80, no puedes dejar escapar la oportunidad de pasar un día castigado y formar parte de El Club de los cinco.
