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En primer lugar toca pedir disculpas por el tiempo que me he mantenido al margen del blog, tanto a la hora de actualizarlo, como contestando o aprobando comentarios pendientes. Mi intención, por ahora, es la de retomar esto con más o menos asiduidad pero sobre todo con más ganas que en las últimas entradas.

Dicho esto, me gustaría pasar a hablar del último estreno sonado del año, al menos para todos aquellos que crecimos con los famosos muñequitos reconvertibles. Me estoy refiriendo por supuesto a los Transformers.

Para empezar a hablar de ella de forma bastante breve, diré que me ha supuesto toda una decepción, no sólo por la calidad que exhibe, sino porque creyendo que sabía a lo que iba me encuentro con algo que bien podría catalogarse de comedia a la altura de “Viaje de pirados” y demás clásicos del humor, de ésos que es imposible disfrutar sin bajar el nivel de exigencia a mínimos de tontuna total. Y que nadie me venga con que esto es cine de evasión, aquí nada hace que consiga evadirme: no sentí angustia, ni tristeza -exceptuando, como mucho, en ese fugaz instante en que torturan al pobre Bumblebee-, ni miedo, ni nada que se le parezca, como mucho algo de asombro hacia un apartado donde se nota el dinero invertido como es el de los FX, y un Shia LaBeouf que consigue ser el único actor en su sitio mientras dentro de este bodriete. En cuanto a la guapa de Megan Fox…aunque le agradecemos su presencia encandilando al respetable durante el excesivo metraje (¡dos horas nada más y nada menos, señores!), hay que decir que su nivel interpretativo raya sencillamente lo pésimo.

En definitiva, una película comercial en el peor sentido de la palabra, donde podremos ver explosiones, bromitas para niñatos, soldaditos fortachones, y muchos tipos importantes con traje, y en medio unos robots muy grandes, super tuneados y la mar de cachondos que supuestamente obedecen al nombre de…Transformers.

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En el transcurso de esta Semana Santa me hacía eco de la noticia; el director de cine Bob Clark y su hijo fallecían al chocar de frente con un conductor ebrio en una autopista.

Bob Clark cuenta entre sus películas con títulos de la talla de Asesinato por decreto, personalmente de lo mejor que he visto en cuanto a encarnaciones a la gran pantalla del mítico personaje de Conan Doyle. De su filmografía podríamos destacar sobre todo su primera etapa, donde además de la citada Asesinato por decreto, encontramos pequeñas joyas del fantástico como Children Shouldn’t play with dead things (una comedia zombie de serie z de la que estaba a punto de dirigir un remake), Deathdream (su mejor película dentro de este género), o la pesadilla navideña Black Christmas.

Pero su película más popular y por la que todo el mundo lo reconocerá de inmediato es Porky’s, una comedia de adolescentes libinidosos que triunfó lo suyo allá por los 80.

Ahora sólo nos queda decir aquello de…

Descanse en Paz.

Bizarra, hilarante, violenta, absurda, son algunos de los calificativos que podrían definir esta auténtica obra de culto de la serie z. Un film que de buenas a primeras se nos presenta como serio, para que a medida que va avanzando el metraje empiece a dejar de lado cualquier tipo de pretensión artística y a pasarse por el mismísimo forro cualquier mínima coherencia en el guión; atención a escenas como ésa en que los compañeros de Ricky son obligados a enterrarlo vivo mientras él permanece atado con unas cadenas, pasados siete días lo sacan aún con vida y, sorprendentemente, rompe las cadenas con total facilidad.

Todo esto, sumado a innumerables escenas gore pasadísimas de rosca (puñetazos capaces de atravesar al adversario, villanos que revientan cabezas de un sólo golpe o se arrancan sus propios intestinos para ahorcar al enemigo) y personajes tan brutales como el alcaide-hulk, hacen que cualquier espectador sin prejuicios, y ganas de pasárselo bien, solo o acompañado, disfrute de un rato salvajemente divertido.
Ah! y si lo tuyo son los fatalities de Mortal Kombat, no lo dudes, ésta es tu película.

Remake de “El último hombre sobre la Tierra”, adaptación a su vez de la novela “Soy leyenda”, de Richard Matheson. Aunque en este caso se toma como motor de la historia la guerra fría y el miedo a los ataques nucleares.

Para empezar a enumerar las virtudes de esta película hay que comentar los estupendos planos iniciales de un Charlton Heston conduciendo a toda velocidad por una ciudad desierta, o la impagable escena del cine (tal vez la única parte donde realmente se muestre con algo de profundidad la soledad del protagonista; “ya no se hacen películas como ésta”, dice Heston irónicamente). Además, me parece también destacable su marcada estética setentera reforzada con incursiones de elementos de un movimiento que por aquel entonces pegaba fuerte, el “black power” -imposible no fijar la vista en esos afros capaces de describir una esfera casi perfecta.

Por supuesto en la película tampoco podían faltar los momentos puramente Heston que, para no faltar a la costumbre y a pesar de rozar la cincuentena, aparece durante medio metraje desnudo de cintura para arriba.

Lo peor lo pone la simplona dirección de un director como Boris Sagal, el cual destacó más en el apartado televisivo que en el cinematográfico, así como algún simbolismo religioso un tanto chabacano (véase la escena de la crucifixión) y una música algo fuera de lugar.

Aún teniendo en cuenta esto último, estamos ante un título de ciencia-ficción de serie B que no sólo se deja ver, sino que se disfruta con agrado.

No soy muy partidario de reseñar una película o una serie sólo por aportar cierta nostalgia al público sin que ésta exhiba una cierta calidad. El capítulo del que os hablo no considero que entre dentro de este grupo. Pertenece a la serie House of Mistery de la Hammer, y es del año 1986, además por lo que he podido comprobar a través de muchos foros y blogs, dejó huella en mucha gente de nuestra generación. La mayoría de chavales que en su día lograron verla la recuerdan nítidamente, y no son pocos los que rondan por foros de Internet preguntando por su título o procedencia.

El capítulo, para que os vaya sonando, va de una familia que se encuentra de pronto atrapada por una extraña sustancia dura, como una pared, que rodea toda su casa. También hay un símbolo*, como si fuese una marca, que se repite frecuentemente.

*

Visto con el paso de los años, este episodio, inspirado en otro de Twilight Zone (llamado STOPOVER IN A QUIET TOWN, El Pueblo Silencioso, en que los protagonistas se encontraban atrapados en un pueblo en el que todo era de juguete), ofrece todos los buenos ingredientes de las historias del estilo de Historias de la cripta, o la misma Twilight Zone, buen entretenimiento, suspense (o terror), y un final sorprendente. Vamos, ideal para ser degustada de madrugada, cuando el silencio y la quietud absoluta se apoderan de la noche.

El elink que os dejo a continuación no es gran cosa -no quiero que os hagáis ilusiones- ni está en castellano, ni está subtitulado, pero no me ha sido posible encontrar nada mejor por el momento, y bueno, a falta del montaje definitivo espero que esto os sirva para consolaros un poco.

Child’s play – House of Mistery

 

He aquí un archivo de 423 imágenes, en el que he recopilado los carteles que más me gustan de la serie B. Podéis bajároslo a través de descarga directa o bien a través de p2p (*cuando le déis al enlace os saldrá una página, clickad en “go” para que dé comienzo la descarga)

Que lo disfrutéis.

Inmenso vídeo de cuatro minutos con todas las animaciones y criaturas del gran Harryhausen a ritmo de la percusión del inigualable Tito Puente.

Y aquí un listado de todas las criaturas de Harryhausen con sus datos, más todo tipo de información sobre el Dios de la animación.

Desde que vi por primera vez Tiburón, el escualo pasó a ser una de las criaturas más temidas por quien esto escribe. No en vano se trata de un depredador de una ferocidad y efectividad extrema dentro de un medio en el que el ser humano está en clara desventaja. Lo que convierte cada una de sus apariciones en una experiencia sumamente terrorífica y amenazadora.

Para hablar de los inicios del escualo en el cine deberíamos remontarnos al 1958, año en que se estrenó de la mano del rey de la serie B, Roger Corman: Tangaroa, el dios tiburón (en doble programa con Conquistaron el mundo). Un film con una escasa acción con tiburones; tan aterradores por cierto, como el protagonista de Buscando a Nemo.

La siguiente película conocida donde podemos ver al temido depredador marino, se remontaría al año 1968, en Arma de dos filos precursora de films como El cazador de tiburones, con la presencia de un joven Burt Reynolds. La aparición de escualos en esta película sigue siendo más bien ínfima. Como anécdota, durante el rodaje un especialista murió por culpa de uno de los tiburones filmados. Desgraciadamente esto se utilizó como reclamo comercial, provocando la ira de su director Samuel Fuller. Los actores son lo único que hace de esta película algo pasable.

No fue hasta 1975 cuando un jovencísimo Spielberg convertiría al tiburón en protagonista indiscutible gracias a su obra maestra Tiburón; mitad cinta de suspense, mitad cinta de aventuras con resonancias de Moby Dick, esta película elevaría definitivamente a Steven Spielberg al altar cinéfilo. A partir de este gran éxito -fue la primera película en superar la friolera de 100 millones de recaudación- convertido en todo un fenómeno capaz de provocar que las playas se poblaran de medrosos bañistas, comenzaron a dispararse los títulos que aprovechaban el tirón del exitoso film, o, sencillamente, utilizaban al tiburón como forma de materializar el horror.

La primera de la larga lista de títulos dispuestos a aprovechar el tirón de Tiburón, fue Mako el tiburón de la muerte (1976). Un título que viendo lo que vendría más tarde parece la menos inspirada en la célebre cinta de Spielberg. Como película no es nada del otro mundo, pero su visionado tampoco es perjudicial.
Más tarde llegó la mexicana Tintorera (1977), una especie de thriller erótico donde la función del tiburón es poco más que decorativa. Lo peor es que ni siquiera como thriller erótico funciona.
En 1978 aparecería la esperada secuela de la original Tiburón, Tiburón 2, la cual aunque se encuentra a años luz de la primera, pretende evitar (como ya hiciera James Cameron con su fantástica secuela de Alien) cualquier comparación posible con su predecesora, ofreciendo un producto más que logrado de entretenimiento puro.
En 1979, El cazador de tiburones, traería un poco más de entretenimiento con escualo, en un film con clara inclinación hacia el cine de gangsters y aventuras. Lo mejor lo pondría Nero en pantalla y Castellari tras la cámara.
Dos años más tarde, Tiburón 3, una secuela extraoficial de Tiburón, pondría la nota hilarante, convirtiéndose en uno de los exploits más descarados y cachondos de todos los tiempos. Entre otros despropósitos, la cinta presenta a uno de los tiburones más inexpresivos y acartonados de la historia del cine. Muy entretenida y, aunque de forma involuntaria, extremadamente divertida.
Después llegaría la verdadera secuela, Tiburón 3, un descarado espectáculo visual gracias al formato tridimensional que se utilizó. Como película no pasa de ser un título de sobremesa veraniega para toda la familia.

Hasta 1987 no encontraríamos un título mínimamente rescatable. Se trata de Tiburón la venganza, la peor de la saga y recomendable más que nada para aquellos que hayan seguido la serie y no quieran dejarla inacabada.
En 1999, Deep blue sea, nos presentaría una trama un tanto tramposa, con moralina de turno incluida. Eso sí, vista con cierto distanciamiento funciona como un producto de entretenimiento agradable. También en 1999, aparecería Shark Attack. Pasable película que guarda ciertos paralelismos con Deep blue sea, y con actores de la talla de Casper Van Dien, un tipo tan expresivo como el escualo de la secuela extraoficial de Tiburón.
En el 2001 llegaría la primera megalodon-movie, La caza del tiburón. No pasará precisamente a la historia, pero al menos es agradable de ver.
Pero fue tres años más tarde cuando llegó el esperado soplo de aire fresco al subgénero, Open Water. Filmada como un documental y basada en un hecho real, mezcla el drama de pareja y las películas de criaturas marinas. Destaca sobre todo por una maravillosa fotografía de Chris Kentis, y una veracidad realmente estremecedora. Muy recomendable.
Megalodon (2004) seguiría con la moda de las megalodon-movies que parecía surgir, presentándonos a uno de los tiburones más realistas de los últimos años (a excepción del sobrecogedor megalodon carcharias que aparece en el magnífico documental “Monstruos del océano”) pero que se queda en un producto pasable, a medio camino entre la exitosa novela MEG y la espectacular Abyss.

Otras películas que no nos molestaremos en comentar, como La cueva de los tiburones (1978), La noche del tiburón (1988), Tiburón: sangre profunda (1988), Cruel Jaws (1995), Shark (2000), Shark, el demonio del mar (2000), Terror en el abismo (2002), Shark Zone (2003), Muerte en las profundidades (2003), Megalodon: Hai Alarm Auf Mallorca (2004), Blue Demon (2005), Sharkman (2005), y El ataque de los tiburones (2005) -atención a esta escena con pibones neumáticas-, completan una larga lista que aún hoy sigue contando con nuevos proyectos que esperamos ansiosamente.


Dibujo del Megalodon, posible antepasado del gran tiburón blanco.

Después de triunfar en Sitges llega a nuestras pantallas la tercera película del director coreano Bong Joon-ho, The Host. Y decepción es posiblemente la palabra que mejor describa mi impresión tras ver uno de los títulos en la que más esperanzas tenía en lo referente a aportar un soplo de aire fresco al desolador panorama de las películas de criaturas acuáticas. Pero, sin embargo, nada más lejos de la realidad. Lo que a priori parte como un film de evasión con trasfondo político-social, acaba dando un giro a favor de lo segundo convirtiéndose en un aburrido y evidente discurso sobre los abusos del poder y el ecologismo.

El mayor problema es que parte de un primer cuarto de hora sencillamente brutal y demoledor gracias a momentos de dirección realmente brillantes y la increíble aparición de la bestia, y, de golpe y porrazo, se convierte en una especie de drama familiar con tintes comicos chorras a partir de la escena del pabellón, y todo ello sin que apenas volvamos a ver la criatura hasta entrada la primera hora de metraje. Pero que nadie se emocione, porque se dejará ver en muy contadas ocasiones hasta el ansiado final, todo un alivio tratándose de una película que particularmente me había dejado de interesar a partir de los primeros veinte minutos, y eso durante 119 minutos se hace poco menos que insoportable.

En definitiva, un coitos interruptus en toda regla, con 15 minutos iniciales impresionantes, algún que otro momento de dirección estupendo y una de las criaturas digitales mejor paridas del cine. Fuera de esto poco más.
Si os interesan las películas de criaturas acuáticas, con trasfondo político-social o no, no dejéis de ver Tiburón, La mujer y el monstruo, o 20.000 leguas de viaje submarino. U otras tan disfrutables como La bestia bajo el asfalto, El ataque de los monstruos cangrejo, Piraña o Humanoides del Abismo –estas tres últimas salidas de la factoría Corman.